Como viven la enfermedad COVID-19 los enfermos

Submitted by ICN
June 14, 2020
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Meses, semanas, días escuchando que algo sucede al otro lado del mundo, escuchando con sorpresa que la gente enferma, que la gente está angustia, sufre, llora, y expresa en sus rostros la incertidumbre, el miedo y la impotencia. La gente se pregunta…. Qué está pasando…? Quien o que está desestabilizando la salud de todo un país.  Un nuevo virus tomo por sorpresa al mundo empezando por la primera potencia del mundo, China.  El número de gente infectada crecía día con día y se expandía a otros países, los mismos turistas fueron los encargados de trasladar el virus  a través de diversas formas.  Pese a que en esos momentos no se tenía una información pública con mayor claridad, si fue seguro es la propagación del miedo. Una población aterrada y angustiada fue la plataforma para la enfermedad biológica, psicológica, y social, al final estaba presente en el corazón de la población, estaba en cada lugar, las 24 horas del día.  Cambio la vida de miles de personas, cambio su dinámica diaria, cambio el trato entre personas, el impacto en la salud emocional y mental de las personas afectadas por la enfermedad y de las familias que perdieron algún ser querido o algún conocido, seguramente en esos momentos fue de gran trascendencia en la evolución de la humanidad.

Muy pronto dejaron de ser más que rumores para países cercanos al epicentro de una enfermedad que en semanas crecería por contagio el número de personas infectadas, que crecería como la espuma y que el pronóstico para la humanidad para el mundo no era nada alentador.  En esa tercera semana de enero cuando se detono la enfermedad, llego febrero y cada día se complicaba más el panorama, cada día crecía el temor de que pronto llegaría a México con más fuerza que en otros países, crecía el miedo a padecer o ser contagiados por un virus llamado Coronavirus de la clase SARS-CoV.  Una amenaza que robaría nuestra tranquilidad laboral, familiar y social.

Y en un parpadeo me encontré con la noticia de que mi servicio se había reconvertido para atender a pacientes COVID-19.  Ese día entre en shock, quería llorar, quería salir corriendo, tenía los nervios  de punta, me dolía el pecho de la angustia y del miedo, caminaba de un lado a otro, y no solamente yo también mis compañeros, veía su angustia y su temor en su mirada, algunas hasta lloraron.  Pensé mil cosas… pensé en mí, en la posibilidad de contagiarme, de contagiar a mi familia y que tal vez podría llegar hasta morir, pensé en la incomprensión de la gente, de mis vecinos que saben  soy enfermera y me dije; y si me atacan o a mi familia, o no me dejan entrar a casa o hacen algo peor… vinieron a mi mente tantos temores, tanto miedo que me dominaba en esos momentos. Ese día entre al sanitario llore por unos instantes, y con sentimientos encontrados entre el miedo y la responsabilidad me arme de valor y amor para con esa persona que estaba dentro del área COVID, esperando ver enfermeras y médicos que lo atendieran y alguien que entendiera su dolor, su miedo, su angustia y la incertidumbre ante una enfermedad poco creíble y poco conocida para ellos y la sociedad, poco creíble para nosotros como personal de salud, inminentemente nos había alcanzado lo que temíamos…”una rara enfermedad”, a la que no sabíamos cómo atender, y que cuidados especiales requeriría el paciente infectado.  Había tanto que valorar, observar, analizar, y aprender de ellos, del comportamiento de la enfermedad y de la somatización del cuerpo físico, mental y emocional de las personas infectadas, pero también había que observar el comportamiento de las personas cercanas a ellos ósea de los familiares.

Las primeras noches fueron desgastantes, dolorosas, traumáticas, llenas de temor a interactuar con ellos, escuchar sus quejidos, sus excesos de tos con tal intensidad y ansiedad respiratoria que prefería a veces tratar de no escuchar, que podría hacer yo ante ese panorama, ante ese sentir del paciente; lo único que me hacía sentir es la impotencia de no poder hacer más por el para suavizar o disminuir su dolor, su malestar.  Sin embargo esos momentos permanentes no son lo peor.  El dolor más grande es la impotencia de no poder hacer más para ayudarlos a recuperarse o ayudarlos al bien morir…ver su desesperación, su fe, su esfuerzo por aferrarse unos instantes más a la vida fueron y siguen siendo desgarradores.  Cuantas despedidas cada día y cada noche, de esos cuerpos y almas sufrientes.

Pacientes en hospitalización, en urgencias, en la unidad de cuidados intensivos, todos en diferente grado de evolución de la enfermedad y de cada uno de ellos la muerte llega de diferente forma; los familiares en cualquiera de los escenarios, no logran despedirse de sus seres amados dejando esa gran necesidad espiritual, evitar el contagio o disminuir el riesgo ha sido en estos momentos la prioridad.

Vestirse y retirarse el Equipo de Protección Personal EPP después de 12 horas de usarlo para atender a los pacientes COVID, salir sudada, sedienta, cansada, agotada, estresada, con la tristeza a flor de piel, después de haber despedido a unas cuantas almas, acumulado tantos cuerpos como jamás lo había visto en mis años se servicio es doloroso, lastimero y traumático, desde los primeros días. La dinámica de trabajo, la forma de vida y de convivencia cambiaron radicalmente para mi comunidad, mi país y la humanidad. Con dolor del distanciamiento muchos nos alejamos de nuestras familias y amigos para disminuir el riesgo de contagio, así también hemos tratado de acatar las instrucciones de nuestro gobierno afín de disminuir el número de casos por esta enfermedad hasta donde sea posible.

La deficiencia de recursos, insumos y EPP, hacen más difícil el cuidado a los enfermos de COVID, más difícil de mantenernos protegidos, y tal vez sea una de las razones por las cuales el personal de salud se esté infectando del virus y cae en cumplimiento de su deber en primera línea de batalla contra esta enfermedad.

Sin embargo no todo es dolor y tristeza la que embarga mi ser al ver morir a los enfermos por COVID, también existe la satisfacción y la alegría al verlos recuperarse y marcharse con sus familias. Mientras tanto como enfermera seguiré en primera línea de batalla frente a esta enfermedad y otras más que amenazan la salud de la humanidad.

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